RCVO | “Los que nunca van a dejar de estar son los músicos”
845
post-template-default,single,single-post,postid-845,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,select-theme-ver-2.7,smooth_scroll,wpb-js-composer js-comp-ver-6.0.1,vc_responsive

“Los que nunca van a dejar de estar son los músicos”

“Los que nunca van a dejar de estar son los músicos”

El día jueves 6 de diciembre del año pasado fui invitado por Nacho Quintana a ser parte del ensayo que tendrían con Leo Sepúlveda y banda.

 

A propósito de esa invitación, se ofreció el espacio para tener un rato de conversación. La intención era invitar a nuestros amigos y amigas de la radio, es decir a quienes nos escuchan, a un concierto en la Villa Olímpica, pero en un sentido más profundo también esperábamos hablar de lo que significaba para quienes conforman la banda participar de este tipo de iniciativas. De esta experiencia surge este breve relato.

 

“Si no silvan no toco niuna’ huea”, se escucha mientras voy subiendo las escaleras de la gran casona en que se juntan a ensayar Leo Sepúlveda y la banda que le sigue los pasos. Están tocando la canción “Hay que cambiar” del disco Canciones Ciudadanas (2018). Al grito de “¡Amigos!” se supone que quienes acompañan deben dar un silbido, pero esta vez han dejado a Leo Sepúlveda sin respuesta a su llamado. Y claro, cómo no va a echarles la talla, si con el llamado nos está haciendo una invitación.

 

Cuando entro a la habitación en que se encuentran ensayando hace ya un rato, me permiten entrar y me ubico rápidamente en un rincón disponible del cuarto, con los pies arremangados por la falta de espacio. Leo Sepúlveda está aferrado a su guitarra Fender Coronado, sentado junto a un amplificador de tamaño medio. A su costado izquierdo está Marcia Laporte, quien le acompaña en las voces, por la derecha Nacho Quintana, sentado al teclado. De frente a ellos se ubican Patricio y Mauricio Gallardo, en bajo y batería, respectivamente. Algunas personas se juntan afuera de la casona a ratos, advirtiendo los sonidos que se escapan por la ventana que permanece abierta para mantenernos frescos. La noche nos observa desde afuera y, a medida que avanza, los sonidos agitados de la ciudad comienzan a ceder; a esta ciudad ellos le cantan.

 

Si este grupo de músicos-as se ha reunido a ensayar es porque han sido convocados para participar del conjunto de presentaciones que se han venido realizando en la Villa Olímpica, a propósito del nacimiento de un nuevo colectivo que surge bajo el nombre de “Colectivo Sonido Olímpico”. Una serie de actividades se espera que surjan de este nuevo movimiento, entre las que se incluyen registros y grabaciones, entre otras ocurridas y aún por ocurrir en torno a la muestra de la música de creadores y creadoras de la villa. Aquí participan, principalmente, personas que se han topado con las iniciativas territoriales que acá han ocurrido (festivales, aniversarios, entre otras), con el interés de acompañarse y ayudarse, poniendo a disposición los distintos medios o herramientas que tienen los músicos, como soporte o plataforma para la construcción de un espacio que permita a todos y todas navegar en conjunto; entre amigos y amigas. La intención es que músicos y músicas que han tocado en diversas instancias relacionadas con la Villa Olímpica puedan tener un espacio central, en una actividad diseñada para ello, para que la gente pueda escucharles y conocer sus propuestas. Las tocatas se organizan y autogestionan entre todas las personas que conforman el colectivo.

 

“Esta tocata que vamos a hacer, está dentro de un contexto de ciclos de conciertos, de shows que se están haciendo en Villa Olímpica, en el marco de un naciente colectivo llamado Colectivo Sonido Olímpico, que son músicos y músicas de la villa. Agrupaciones, solistas, que se reunieron, pensando primeramente en difundir la música con shows en vivo” (Ignacio Quintana).

 

En el marco de estas presentaciones, Nacho invita a Leo para presentarse junto a la banda. Hace poco han editado el disco Canciones Ciudadanas (2018) y, según ellos, no lo han presentado lo suficiente en vivo. Pero lo cierto es que no suelen presentarse en vivo muy seguido y, como sostiene Nacho, la idea de presentarse esta vez surge con la intención de ofrecer un regalo a la Villa Olímpica, a través de la música que han hecho, más allá de la distribución que la propuesta musical de la banda pudiese alcanzar en otros formatos y espacios. La idea es tocar para la gente, para la gente de la Villa Olímpica.

 

“El Leo ha tocado muchas veces en la villa, o en cosas relacionadas a la villa: la radio, el centro comunitario, algunas experiencias diversas. Y la Marcia también, vivió allá. Y cantaron con Nazca los chiquillos. Yo, por mi parte…también eso, también esta vuelta de mano al Leo. Poner un poco los recursos disponibles para que podamos tocar ahí, que estemos cómodos tocando y que sea una experiencia reveladora” (Ignacio Quintana).

 

Leo también se incorpora al relato de Nacho, afirmando el interés por tocar y presentarse en la Villa Olímpica. Para él, resulta importante el sonido, contar con un espacio habilitado para presentarse que cumpla con ese carácter, pues espera que el mensaje que buscan transmitir sea escuchado y percibido por la gente que asista a la presentación. Es una música con historia, con mensajes complejos. Que haya gente y que se facilite ese encuentro, permite que ese mensaje pueda ser escuchado. Hay todo un esfuerzo detrás también, según relata Leo, por abordar la historia de las poblaciones y organizaciones sociales a propósito de cómo se trabaja en ellas la dimensión cultural de las relaciones humanas. Hablamos principalmente del desarrollo cultural, pero también del descubrimiento y el encuentro que propician espacios como éste.

 

“Bueno, entonces, no es ninguna hueá aparatosa, que piensen que me estoy poniendo encima de lo que ustedes hacen, pero en esa misma villa nosotros, por ejemplo, tocábamos. Y una hueá que la gente hoy día no cacha mucho es la valentía de la gente en ese tiempo. No hablo de nosotros sino de todos. Nosotros fuimos a tocar allá y llegaron los milicos. No llegaron los pacos. Cuando llegan los milicos te matan po’. Era así la vida. Así se jugaba la gente, y es algo que yo echo de menos también bastante. Por eso, ese tema “Somos más” que tú escuchaste, allí está dicho eso, o sea éramos así antes, y bueno podemos serlo. Si somos los mismos, son los hijos, son los mismos viejos. Pero el tocar ahí tiene ese sentido” (Leo Sepúlveda).

 

Esta historia, de quienes tocan y de quienes escuchan, también está nutrida por puentes generacionales que sostienen la configuración y permanencia de estos espacios. Nico Carvallo, quien vive en la Villa Olímpica y también se presenta en esta ocasión, es hijo de Pepe Carvallo, quien también tocó con Leo Sepúlveda en el grupo Nazca. Esto asegura que, a pesar de circunstancias sociales y temporales, hay raíces, venas, puentes que no han dejado de funcionar. El afecto mutuo y el interés por aprender de otros es lo que les mueve.

 

“Pero, en mi experiencia, me gusta ver que después de tanta lucha y cosa que, no solo en la música, sino que, en la política misma, poblacional y todo eso, en que yo estuve o he estado, casualmente Nico vive allá y él tocó conmigo. O sea, cuando estaba en Nazca, su padre, que es Pepe Carvallo, un gran poeta, tocó conmigo en Nazca. E introdujo al Nico una vez, cuando era chico el Nico, era flautista, y grabó conmigo en esos años. Y ahora ese mismo Nico, que tiene su música, compone y qué se yo, vamos a tocar juntos. Este puente es un puente generacional, musical, pero también social, político, todo. Eso también es satisfactorio, porque no todo se rompió, no todo se fracturó” (Leo Sepúlveda).

 

A propósito de la música, de la música en las poblaciones, de la música y las organizaciones, y de todo lo que viene junto con esto, se abrió el espacio para hablar un rato largo sobre el lugar de músicas y músicos, a propósito del rol que asumen cuando su propuesta conecta con luchas o causas sociales. Leo sostiene que la gente se ha “mal acostumbrado” a contar con la presencia de quienes hacen música, en las poblaciones o en los eventos que en éstas se organizan. La presencia permanente y desinteresada de artistas habría gatillado, con el paso del tiempo, una falsa conciencia respecto de su rol, como partícipes de las causas que movilizan a grupos de pobladores en los territorios, sean estos grandes o pequeños, dando por descontada su participación y ubicándoles en una posición de entretenimiento. A juicio de Leo, esto va en contra del rol catalizador de las experiencias generacionales que muchas veces asume la música, haciendo estéril su carácter comunicador y aglutinador. La música en estos espacios ofrece, en general, propuestas desafiantes y no complacientes, pues su objetivo es propiciar encuentros intelectuales y sensibles entre quienes se reúnen.

 

“Y resulta que siempre los músicos están po’, donde lo que quiera que haga una organización, en este caso la Villa Olímpica, los que nunca van a dejar de estar son los músicos. Y, es la realidad no más, no te lo digo para darle otro carácter. Pero hoy día hay otra gente, que hace arte, teatro, en fin. Pero siempre están. Entonces la gente se acostumbra igual a eso, y no valora de repente lo que escucha. El caso de lo que vamos a hacer nosotros, ahí hay una música que tiene una historia, que tiene un sabor y un valor, pero que sufre de lo siguiente, que como no es conocida o reconocida, la gente no la valora” (Leo Sepúlveda).

 

La defensa que hace Leo Sepúlveda de ninguna manera debe ser entendida como corporativa, pues él está hablando del oficio de músico, el que a su juicio se emparenta con cualquier otro. Apreciar el oficio es su consigna. Aquí se trata de apelar a la idea de que detrás de cada presentación, no solo musical sino que de cualquier otro tipo, existe un esfuerzo, una puesta en escena que exige a cada quien entregarse material y simbólicamente por algo que le interpela. Dar por descontadas estas manifestaciones, pone en riesgo el alcance de los objetivos que en un principio unieron a grupos de personas en torno a una causa común.

 

“Considero que yo soy un instrumento de la lucha, entonces yo tengo que ir a todas las hueas que me inviten. O no me inviten, yo me ofrezco, soy militante. Entonces esa huea tiene hasta una hediondez religiosa. Ni siquiera política. Tiene que ver con culpa, con una huea que es más de la iglesia católica que de la organización proletaria, social o anárquica. Entonces, ver ese mismo esquema repetirse a mí me emputa. Porque no se ha cambiado nada. Y la gente sigue llendo o no llendo a la huea. Y por esa cultura o contracultura la gente no valora nada…Entonces la huea que fue revolucionaria de repente se puede transformar en reaccionaria. Cuando se transforma ya en una rutina, que es lo que al sistema le encanta, ya cagó” (Leo Sepúlveda).

 

En el mismo acto, Nacho complementa sosteniendo que éstas expresiones que Leo cuestiona, son expresiones de un momento que estamos viviendo como sociedad, a nivel global. No es algo que refiera al presente, sino a un proceso que lleva gestándose incluso cientos de años, a medida que el sistema capitalista permea las relaciones que sostenemos los seres humanos con nuestro entorno: “La dictadura del capitalismo”, dirá. En este escenario, la instrumentalización de los seres humanos es un enemigo al que se debe estar dispuesto a enfrentar, pues significa romper con barreras de seres humanos incapaces de conmoverse con el arte en general, pero también con aquellos que entienden que la música o los músicos cumplen únicamente un papel de propaganda social o entretenimiento más bien inocuo. Desde ahí, desde aquello que en ocasiones asume la forma de rabia o enojo, se pueden descubrir aquellos lugares donde vale la pena involucrarse y donde no. De cualquier modo, hacer esto, hacer música, es una forma de intentar romper con este escenario.

 

No existe esa herramienta, que es saber que el arte es como tu hermano, que es un pozo de sabiduría, de dolor, de sufrimiento, de luces, de sombras, de toda la huea que podamos vivir, y que hay gente que se la está jugando por eso, que está dejando todas las hueas que hace también para hacer eso, como otro que hace un oficio también, pero que esa huea tiene un lugar muy importante. Lo que pasa es que ese lugar no está hoy día, en todos lados. Entonces, no es raro que ocurran estas prácticas, donde en las organizaciones comunitarias o qué se yo, la música es un entretenimiento más. Pero es un problema general, más complejo, más profundo, más arraigado” (Ignacio Quintana).

 

 

El disgusto no sería posible si ambos no supieran, o sospecharan al menos, qué hay del otro lado. La búsqueda de sonidos, formatos y, en general, de experiencias, perdura porque siempre –y eso les parece incuestionable- aparecerá alguien que se encante y que se juegue -por la música pero también por la política. El ejercicio se completa cuando esto ocurre, asumiendo un valor casi pedagógico. Es el recurso afectivo al que también apelan maestros y maestras de aula. Aquí hablamos de la emoción que sostiene a aquellos que están dispuestos a escucharse y compartir experiencias comunes.

 

Chucha, todavía no sé de qué se trata esta huea de mundo. Lo que yo digo siempre como una huea desafiante. Entonces que te lo diga un hueon que va a tener setenta años, es como puta qué raro, porque se supone que a esa edad tu tenís clara la historia. No, no es así. Entonces, está esa pelea, esa huea, pero a mí me gusta mucho. Porque, además, nosotros con Pato con Nacho, hemos trabajado…y ahí está el puente, vivo, en la música nuestra. Nosotros llevamos años trabajando. Y esa huea es muy importante. Porque, un proyecto artístico, la única manera de sacrificarse, de hacer importante esto, es que se consolide en los años. Los trabajos colectivos requieren de trabajo para que cuaje en algo. Y nosotros hemos trabajado ya harto tiempo. Y hemos sacado pocos discos, entre comillas digamos, pero no son pocos, porque valen harto. No es una huea de cantidad sino de calidad también. Y uso la palabra consuelo…ahí están los años. Tantas desventuras, hueas, pero algo valiosísimo es esto. Esta huea es pura vida” (Leo Sepúlveda).

 

Leo Sepúlveda y banda son:

  • Leo Sepúlveda: Guitarra y Voz
  • Patricio Gallardo: Bajo eléctrico y Contrabajo
  • Mauricio Gallardo: Batería
  • Marcia Laporte: Voz
  • Ignacio Quintana: Teclados y Voz