RCVO | El cuerpo de la precariedad
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El cuerpo de la precariedad

El cuerpo de la precariedad

En fuerzas especiales (Planeta-Seix Barral, 2013), Diamela Eltit nos presenta las condiciones en que se habita lo cotidiano en un conjunto de bloques habitacionales, sitiados por la fuerza policial.

 

En ningún momento nos señala en qué lugar se ubica este conjunto de bloques ni tampoco cuáles son las razones por las que se han instalado allí “pacos” y “tiras”, como expresiones de la fuerza del orden coercitivo; pero no es necesario recurrir a esos elementos para que el relato adquiera sentido. De otra manera, para quiénes tendemos a creer en algo así como la justicia o el orden de los procesos, resulta inquietante no saber por qué la policía se ha instalado en el territorio, pero con el avanzar de la lectura se hace patente la idea de que esa razón no es necesaria, pues se ha nacido con la policía aferrada a la existencia de quienes allí viven.

 

La ocupación del territorio por este aparataje de agentes -máquinas y humanos- corresponde a la presencia de una violencia expresiva, la que opera como forma de visibilizar las marcas que identifican a los sujetos que allí viven: te ubican en el lugar al que perteneces o bien buscan devolverte a ese lugar, designando la presencia de un error, o bien de un crimen, por el cual se victimiza a todo un colectivo. A su vez, para el grupo que se describe a partir de una forma de acorralamiento, la posibilidad de desaparecer, a la fuerza, es una posibilidad que surge a partir de la vigilancia permanente a la que es sometido. Con esto, se establecen los límites de acción en este escenario, indicando las condiciones de posibilidad que guían el accionar de los sujetos. Es una de las formas que tiene la hegemonía de hacerse parte en la vida cotidiana; cuando no lo puede hacer por vía del consenso, lo hace a través de la coerción. Y corresponde a un momento en que se ejerce toda la violencia para integrar a los sujetos a la dinámica del consenso, operando sobre máquinas, es decir, sobre políticas de intervención de un espacio que, mediante estrategias, lo transforman, instalándose en el cuerpo y en la memoria de los sujetos.       

 

Ya tenemos algunos elementos: vigilancia, fuerza, claustro. A partir de ellos, la forma de la violencia señala al conjunto de bloques como una prisión, material y simbólica a la vez. Lo es en un sentido material, porque la arquitectura del lugar deshumaniza a sus habitantes, a través de formas, medidas, extensiones, materiales, que se repiten en cada uno de sus rincones. Y lo es en un sentido simbólico porque designa un lugar de pertenencia, entendido como algo similar a una identidad, que da cuenta del peso que tienen las marcas sobre los sujetos. Si te ven con tu andar, si te escuchan hablar, quienes te vigilan sabrán de inmediato quién eres.

 

Entonces, los bloques son iguales, los días se vuelven iguales –antes por los sentimientos que les atraviesan que por los acontecimientos que le dan forma- y las arremetidas son iguales. Asistimos al estado de una repetición. 

 

Una de las expresiones más recurrentes de habitar el espacio, que tienen los sujetos retratados por Diamela Eltit, es a través del miedo. El miedo se hace carne en el cuerpo, tensándolo, agitándolo, inmovilizándolo. Este miedo no es irreal, sino que tiene un correlato; se activa a partir de experiencias que ya son conocidas para quienes lo encarnan, las cuales les obligan a un ejercicio permanente de auto examen, de revisión del grupo, para saber que siguen estando allí. Es un miedo conocido y, a su vez, no es redimible; atraviesa las relaciones que los sujetos sostienen con el espacio, con el sexo, con la intimidad y con su entorno, por lo que resulta imposible extirparlo del cuerpo.

 

Si se trata de desaparecer algo, pareciera que ese destino no está reservado para el aparato de coerción, para la fuerza maquinal de la policía, que siempre se puede precipitar. Es el carácter de la hegemonía, que siempre se te puede venir encima y, por tanto, convertir en víctima. De hecho, en el relato hay un recurso continuo de advenimiento de la violencia, a través de la enumeración de armamento de grueso calibre. Esto instala la forma de un escenario de combate, de una guerra en que se busca aniquilar sino a los cuerpos al menos a la forma que tienen de habitar un lugar.

 

En vida precaria (Paidós, 2006) Judith Butler nos habla de la condición de precariedad, es decir, de aquello que define como lugares o individuos que están expuestos al daño y a que, por su condición de vulnerabilidad, se les de muerte. Corresponde a un estado de desprotección, de exposición a la violencia, caracterizado por la carencia de redes de soporte social y económico. Así, tal como en la novela de Eltit, la violencia ejercida sobre un cuerpo establece una condición de lo humano. De otra manera, sostenida sobre dispositivos jurídico-políticos, la violencia opera como un significante que propicia acciones performativas frente a/apelando a una audiencia. Es un lenguaje que tiene capacidad de control sobre la decisión de vida y muerte, y en cuya enunciación se puede reconocer la existencia de códigos comunes para quien la ejerce y la vivencia. En este sentido, la precariedad no es sólo expresión negativa del poder, pues la vida está atravesada por los significados que esta condición pone en juego.

 

Para dar cuenta de la condición precaria a partir de la cual los sujetos habitan el espacio, Eltit recurre, en el relato, a la conciencia como herramienta de acceso a la subjetividad de sus personajes. No hay diálogos que podamos seguir, como espectadores que se sientan junto a un narrador. Más bien, accedemos a una descripción de los diálogos, en la que pensamiento y acción aparecen en un mismo plano.   

 

De todos modos, en medio del sometimiento, del miedo y del cerco, el relato de fuerzas especiales otorga un espacio pequeño, por lo tanto, real, a la significación de las redes sociales y familiares como arquitecturas de relaciones que permiten sostener a los individuos, por más débiles que éstas parezcan. Con ello, la narración instala una forma de proyección, que es siempre una invitación a construir o al menos ensayar otros relatos posibles, por más desquiciados que estos parezcan -entendiendo por ello la forma que la autora tiene de ensayar la utopía en sus personajes. Es la manera que tiene esta obra de ligarse con lo social, de politizarse. Entendiendo a los sujetos en función de las relaciones que sostienen es que podemos abordar la alteridad, es decir, la forma de producción del heterogéneo excluido.

 

Considerando la matriz social sobre la que se articula el relato de esta novela es que también podemos acceder a las condiciones de posibilidad de los sujetos. Ahora bien, antes que dibujar un horizonte de posibilidad esta obra instala una inquietud, pues cuando los sujetos reconocen la necesidad de estar junto a los suyos, de sostenerse y de re agruparse, se abandona la figura del sujeto que es, dando paso a un sujeto que podría ser. Se establece la figura de un sujeto que inicia una búsqueda.