RCVO | Cambio de foco
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Cambio de foco

Cambio de foco

Caminar por el centro de Santiago, en día de semana, asume siempre la forma de un trámite. De cierta manera, intuyo que sus falsas relevancias, de periferia mejor situada, me van a atrapar, por lo que asumo un andar de deuda a largo plazo.

 

Es una especie de caminar ejecutivo, contagioso, en el cual el cuerpo erguido y la postura de maletín se instalan como norma exhibitiva. No recuerdo cuándo aprendí estos códigos, que se esparcen de forma tan natural entre quienes habitan, al menos temporalmente, este lugar. Lo cierto es que debo caminar lo suficientemente fuerte para que la masa no me atropelle, condenándome a habitar la eternidad entre grupos que van de izquierda a derecha, también en viceversa y a veces en diagonal. No muy lento, para que no me pisen los talones, ni muy rápido, para no pisar los de otros.

 

Al rato de andar, en mi estado de insomnio ejecutivo, escucho cerca de la Alameda a un grupo de estudiantes, vestidos de uniforme, que se gritan entre sí: ¡Mantengan la respiración! ¡No, hueón, respiren por la boca! ¡Respiren con normalidad, hueones! Antes que tome conciencia del asunto, una nube lacrimógena me obliga a tomar parte en las opciones ¿Cuál era la alternativa correcta? Primero respiro por la boca, luego mantengo la respiración, al final intento respirar con normalidad. Al paso de unos segundos, la conciencia hipocondríaca me auto diagnóstica laringitis química. Obviamente sé lo que está pasando, ya van varias semanas de conflicto entre los estudiantes del Instituto Nacional y los agentes –humanos y máquinas- de la policía. 

 

Hace algunos días, Carlos Said y Eduardo Ortega, en el diario La Tercera, se preguntaban: “¿En qué momento se “apagó” el primer foco de luz de la nación?”, instalando la imagen de una crisis, más bien de un drama, emotivo y meloso, que elabora un sentimiento de orfandad para quienes empiezan a ver como la luz tenue de este foco empieza a ser consumida por las tinieblas; por la violencia y el odio, elementos típicos que describen a aquellos grupos que intentan alzarse como masa crítica. Y este apagón, nos dirán, se explica por la pérdida de sentido de autoridad al interior de este liceo. “Fue culpa de la alcaldesa Tohá”, dirá el ex rector Jorge Toro, quien, presentada como la más dura propulsora del conflicto social, instaló una política de “diálogo” con los jóvenes, que terminó por cerrar la puerta al ejercicio de autoridad de los rectores. Fue culpa de los anteriores y de los posteriores, agregarán otros.

 

Es una añoranza del ejercicio del poder y la autoridad, lo que está a la base del reclamo político y ciudadano conservador, que observa con temor cómo se desestabiliza la misión republicana, de preocupación por el país, por lo colectivo dirán los más entusiastas, de esta institución. Se pierde el sentido de ciudadanía, y parece que ya se ven los escombros sobre los que se articula la nueva colectividad anárquica, sobre la que opera el nuevo desgobierno. 

 

A un lado, la masa adulta asume el rol de vocería que divinamente le ha sido cedido: “A los alumnos les falta una buena paliza, por carabineros y por sus padres”, “¿Qué pasaría si carabineros no hiciera su trabajo? Seguro los culparían por no evitar los destrozos” y, por supuesto, el relator de conspiraciones que por alguna razón siempre logra aparecer: “Están perdiendo el año con tomas y amenazas de encapuchados, financiados por la extrema izquierda”. Este último, mira con rostro cómplice, esperando a que se confirme tan evidente afirmación, pero yo prefiero cerrar los ojos, actuando una intoxicación mayor que la que estoy sufriendo, por culpa de la nube lacrimógena que nos ampara. La juventud no es más que una palabra, sostuvo Bourdieu, dando cuenta del peso de las categorías que intentan siempre devolverte a tu lugar. El lugar de la gente con uniforme escolar, dirán, es la sala de clases. 

 

En el frontis del liceo, lo que veo son hombres y mujeres de las fuerzas especiales, sedientos de jugar a la guerra, con sus uniformes, cabalgando máquinas y animales que les permiten infligir daño al grupo de jóvenes. Algunos no logran aminorarse, aferrándose a la convicción de aquellos que sienten que no hay nada que perder, porque poco es lo que se ha conseguido, pero la mayoría señala más bien desesperación: algunos se tapan boca y nariz, otros agitan los brazos desesperadamente, pidiendo que detengan el asedio, otros entran en estado de shock y algunos sufren crisis de pánico ¿Cuál es el crimen por el cual se ejecuta tan espectacular y oneroso castigo? Los estudiantes han decidido “tomarse” su liceo, poniendo una barricada en el centro del funcionamiento de un organismo cuya muerte fue decretada a fines del siglo pasado, pero que por alguna razón aún agoniza, gracias a las transfusiones que le realizan autoridades y civiles, aferrados a la conservación social de la desigualdad, el aprendizaje por tautología y la diferenciación de sus miembros. El acoso, en ese sentido, no se hace esperar y resulta inevitable.

 

Sobre las brasas de esta barricada que se ha encendido, intento ensayar otra forma de desplazarme por el centro. Dejo de replicar el andar que me guiaba en la mañana y me convierto en un sujeto que inicia una búsqueda.

 

Imagen: Sebastián Beltrán (Agencia Uno)

 

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