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PROYECTO “TILT”

PROYECTO “TILT”

El aroma del tiempo se desvanece, pues la demora y silencio necesarios para percibirlo, ya no son posibles en medio de esta vorágine veloz y ruidosa que representan las redes digitales”. 

 

“Pareciera ser que Internet, en lugar de ágora, es hoguera de vanidades, selfies y tormentas de excrementos. Las redes virtuales performan nuestra conducta, promoviendo la conversión de nuestras impresiones, emociones y juicios en mercancía simbólica. Nos hacen creer que opinamos, que participamos, que formamos comunidad y que somos importantes. Nos hacen creer que tenemos amistades, relaciones y afinidades. Nos hacen creer que protestamos, que denunciamos y que peleamos por un mundo mejor, sumergidos no obstante en la virtualidad, esclavos de un dispositivo electrónico. Todo el mérito pues, para los arquitectos e ingenieros del Control Social”.

 

El ocaso de la polis: Redes sociales ,Narcisismo y Autoexplotación.

 

Los medios de comunicación de masas y redes sociales redundan en una particular sintomatología: en el vértigo de la sobre-información nos resulta cada vez más dificultoso proyectar una imagen de estabilidad, seguridad y buena disposición para cumplir el “mandato” culturalmente legitimado de presentar una actitud “positiva” frente a las exigencias sociales. Pareciera entonces que nuestro proyecto personal, su éxito o fracaso, depende sustancialmente de la capacidad “adaptativa” que como sujetos adoptemos a estas nuevas formas de explotación.

 

El agotamiento como síntoma común es, en este marco, una respuesta “psicosomática” individual frente al imperativo de la maximización del rendimiento. Sin embargo, es necesario ir un poco más allá: la producción capitalista neoliberal y su imperativo de maximización del rendimiento opera en el sujeto como propensión a la autoexplotación.

 

El sujeto de la autoexplotación, protagonista y espectador de su propia deshumanización, apenas se hace consciente de su condición de mercancía-humana. En el mejor de los casos, tendrá de sí mismo la imagen de ser un agente activo en la circulación del capital, un sujeto consciente cuyas decisiones lo han conducido hacia un sitial de relativa ventaja en el entramado productivo. En el peor, claudicará agotado ante los mandatos neoliberales, sintiéndose culpable de su fracaso, gatillando autorrecriminación, depresión y en los casos más extremos el suicidio.

 

Individuo y redes sociales:

 

El sujeto del rendimiento contemporáneo no visualiza su posicionamiento relativo en términos colectivos sino individuales, subsumiendo su particularidad al comportamiento que adopta a través consumo. Más precisamente, pone de manifiesto lo distintivo de su ser, su particularidad y percepción de sí mismo a través de su comportamiento en el mercado, los bienes y servicios que adquiere y la exhibición de su consumo. En este caso, la necesidad ontológica de sentido de pertenencia a un colectivo y de construcción de identidades comunes es cooptada por el paradigma mercantilista hegemónico. En este contexto, el mercado se posiciona como referente de la cultura y del comportamiento humano individual y colectivo. En un modelo de autoexplotación, el proyecto personal de los individuos-masa, del sujeto contemporáneo, coincide con la estructura de dominación social, ahí donde la condición de enajenación se vive y se fomenta con aparente agrado. Con todo, el sujeto de la autoexplotación no es precisamente la “superación histórica” sino la “consumación psicológica” del modelo de explotación tradicional opresor-oprimido.

 

Las redes sociales, cuya promesa de democratización de las comunicaciones obnubiló a los teóricos de fines del siglo XX (con nociones tales como “la era de la información”), se han instalado en nuestra vida cotidiana. Parte de sus consecuencias es que se propicia una competencia entre individuos para quienes la exhibición del yo redunda en una permanente optimización de la imagen autopercibida y proyectada hacia los demás, en estos espacios virtuales carentes de todo aroma, riesgo, herida o contracara. Como nunca antes en la historia, los medios de comunicación nos ofrecen la posibilidad de ser supuestos protagonistas de nuestra pequeña historia, compitiendo por visualizaciones o “likes”. El “like”, así, más que un “me gustas” (i like you), se transforma en un mecanismo de control social similar a un “te atrapé” (i catch you). Así, cada vez más, las generaciones de niños y niñas occidentales crecen en un deficit de vínculo presencial-material con sus semejantes y con la realidad material (antrópica y no antrópica).

 

Twitter, Facebook, Instagram, operan como verdaderos mecanismos de modelamiento inconciente de conducta, acentuando la atomización social, pues inhiben el contacto con lo desconocido, con el otro, con la otra, y con ello erosionan la noción de comunidad. Resulta engañosa por lo tanto la utilización del término “sociales”, precisamente donde la utilización de este tipo de medios virtualiza las relaciones humanas en detrimento del contacto presencial y corporal y la comunicación “cara a cara”. Por otro lado, en tanto mecanismo de control social, las redes sociales emplean el fisgoneo electrónico (“sapeo virtual”) como práctica usual. Las características propias del medio electrónico han reconfigurado nuestra forma de comunicarnos, y por ende, de relacionarnos.

 

Lo político, entendido como una dimensión de la existencia que requiere de cierta capacidad analítica, compromiso y proyección histórica, queda debilitado en un contexto de “indignación desatada” en las redes electrónicas. Así, las denominadas “shitstorm” (tormentas de mierda) características de las redes sociales, de por sí no configuran una acción colectiva concertada y transformadora sino más bien reflejan el desate de las pulsiones individuales, inmediatas, afectivas ciertamente legítimas pero con escasos efectos políticos.

 

Ya resulta cotidiana la noción de “postverdad”, ahí donde los medios tecnológicos permiten el levantamiento de información sin el tradicional control editorial de los medios de comunicación centralizados (control editorial “tradicional” que por cierto también puede responder a una exhibición y ocultamiento arbitrarios). En un contexto de progresiva desconfianza hacia las instituciones y el Estado, se han diluido también los márgenes que definían el relato de lo considerado como “verdadero”. Aquí, preceptos básicos de la comunicación social moderna (verificación de fuentes, contrastación, presentación de evidencias, sometimiento a crítica pública) resultan irrisorios.

 

El sujeto político se deshace en shitstorms (“tormentas de mierda”) de “indignación” en las redes sociales. A la mediocridad cotidiana y el sinsentido imperante le rodea una sensación generalizada de “indignación” la cual, paradójicamente, depende de “likes” para ser visibilizada. El torrente incesante de información dificulta la posibilidad de acceder al silencio reflexivo, desechado por improductivo. El silencio es fetichizado como un lujo, perdiendo con ello su carácter sencillo y sacro.

 

El descanso se transforma en un período de preparación para las siguientes etapas de la carrera demente, un reposo momentáneo. La industria del esparcimiento ocupa un rol como nunca antes en la historia del capitalismo. El silencio contemplativo cede su lugar a la captura de momentos sin profundidad, sumatoria de imágenes veloces, y por sobretodo ruido mental. Silencios que por no lucrativos nos parecen insoportables. Silencios de espera y ansiedad. Silencios no presentes. Silencios incómodos que ponen de relieve la vacuidad, pero a su vez dejan entrever la profundidad inherente al ser. Hoy por hoy, pareciera que para no morir de aburrimiento, los silencios incómodos deben ser llenados rápidamente con información. Para ello contamos con un aliado en nuestro bolsillo: los smartphones.

 

Quizá la forma más común de legitimación del modelo productivo es la posibilidad que brinda al sujeto de consumar sus deseos, siempre y cuando esta consumación, precisamente, se de en un contexto de consumo mercantil. Con todo, el deseo al ser satisfecho, desaparece y reaparece bajo otros ropajes. A modo de espiral, la lógica deseo-consumo-deseo, tarde o temprano deriva en una sensación de vacío existencial, una regurgitación de lo consumido, una bulimia del alma.

 

La discreción como resistencia

 

La no exhibición no necesariamente es censura o represión. La no exhibición puede referir a un tesoro o misterio que deseamos mantener en los márgenes de lo imaginado, hermosamente oculto, resguardado del juicio ajeno.
Sólo el misterio enamora y apasiona. La sobreexposición, que no deja nada por decir, agota.

 

El silencio no necesariamente equivale a vacío sino que también a profundidad, mientras que la superposición ilimitada de imágenes deriva en un cuadro incomprensible.

 

La proliferación de sonidos deriva en ruido, y el ruido termina siendo incomprensible. El silencio, por su parte, nos invita a la auto observación.

Hoy por hoy, pareciera que nos privamos gustosos del derecho a la soledad y lo íntimo, que nos privamos gustosos del silencio, de la posibilidad de extraviarnos en sus vaivenes de inquietud y sosiego. Como las antenas a las abejas, las redes sociales nos desorientan. Finalmente, de la fricción producida entre el “choque de opiniones” no surge la polis sino el “infierno de lo igual”.

 

Con la irrupción de la virtualidad en la vida cotidiana, el cielo se torna cada vez más estrecho. Su carácter redentor (el cielo como figura arquetípica del vacío trascendente que revela nuestra pequeñez terrenal e infinitud cósmica, su carácter divino) es reemplazado por lo lúdico de los espacios virtuales. El cielo se ha quedado sin narración, sin un ethos que lo describa, sin mitos que le otorguen sentido.

 

Pareciera ser que Internet, en lugar de ágora, es hoguera de vanidades, selfies y tormentas de excrementos. Las redes virtuales performan nuestra conducta, promoviendo la conversión de nuestras impresiones, emociones y juicios en mercancía simbólica.

 

Nos hacen creer que opinamos, que participamos, que formamos comunidad y que tenemos amigos. Nos hacen creer que tenemos amistades, relaciones y afinidades. Nos hacen creer que protestamos, que denunciamos y que peleamos por un mundo mejor, sumergidos en la virtualidad. Todo el mérito pues, para los arquitectos e ingenieros del Control Social que consciente o inconscientemente nos obligan a reinventarnos.

 

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